Palestina es hermosa, pero también es triste

Un fastidio cotidiano: un soldado israelí inspecciona las credenciales de un campesino en una de las puertas agrícolas cerca de Jayyous. (Photo: EAPPI)
Las puertas en la barrera de separación levantada por Israel, que permiten el acceso de los campesinos a sus tierras que quedaron al otro lado de la barrera, con frecuencia permanecen cerradas, sin razón aparente. En este artículo la acompañante ecuménica Penny comparte la frustración de los campesinos en Jayyous.
Sur de Jayyous, puerta agrícola número 979. Son las 7 y 45 de la mañana. Abdul Rahim camina hacia la puerta con sus dos asnos, Samir y Samira, y su lindo perro Joaneh trotando a su lado. El sol mañanero ha comenzado a calentar el día, y la vista de los campos de olivos y las aldeas que se extienden sobre las faldas de las colinas es casi idílica. Pero una barrera de separación serpentea a través del territorio.
Abdul y yo nos acercamos juntos a la puerta. Esta puerta en la larga, espinosa cerca de alambre de púas que separa a los aldeanos de Jayyous de sus tierras, está programada para abrirse apenas quince minutos cada mañana. Los soldados deben venir para permitir que aquellos campesinos que han conseguido sus permisos de las autoridades israelíes, puedan acceder a sus tierras.
La mayoría de los campesinos son personas de edad avanzada que no son consideradas un riesgo de seguridad; porque una vez traspasada la cerca, un potencial atacante podría infiltrarse fácilmente dentro de Israel. Pero la barrera no se ha construido en la llamada Línea Verde, la frontera de facto de Israel. Ella se adentra profundamente en las tierras palestinas de la Ribera Occidental y cierra los accesos a los jóvenes que deberían estar trabajando en las tierras de sus padres.
La puerta ha permanecido cerrada por tres o cuatro días, se han hecho llamadas telefónicas y reuniones, y se nos dijo que será reabierta a partir de hoy. Pero la puerta está cerrada.
Abed, el tío de Abdul, llega en su asno, cansado del viaje. Y se dispone a regresar a su casa cuando ve que la puerta permanece cerrada. “Espere un momento”, le digo. “Voy a llamar para saber qué está ocurriendo, ellos nos dijeron que la puerta se abriría nuevamente a partir de hoy”.
Llamo a la línea humanitaria de emergencia (un servicio del ejército israelí) y me aseguran que la puerta se abrirá a las 7 y 45 y que los soldados están por llegar. De hecho, un grupo de soldados llega en breve, pero nos dicen que no abrirán la puerta y enseguida parten. Más llamadas telefónicas, nuevas garantías de que la puerta será abierta. Un tractor se desplaza a lo largo de la carretera miliar entre las dos cercas, para aplacar el polvo del camino y facilitar la visibilidad en caso de que alguien intente pasar la barrera sin permiso.
Otra llamada telefónica y una nueva respuesta positiva. Pero nada ocurre. Otra llamada a otro número telefónico y una oficina diferente me asegura que la puerta será abierta. Finalmente llega un vehículo militar y uno de los cuatro soldados desciende para informarnos. Es el mismo joven oficial que mantuvo abierta la puerta del norte la mañana anterior. Nos dice que la puerta está cerrada, que la cosecha de olivos ya terminó.
Le repito lo que varios militares me han dicho y asegurado esta mañana y le digo que los campesinos están esperando aquí porque necesitan acceder a sus tierras; que la cosecha no consiste únicamente en recoger los frutos. Él admite que fue enviado con la orden de abrir la puerta; pero que tan pronto llegó, recibió una contraorden al respecto. Él no sabe qué está ocurriendo, tiene que esperar por una orden antes de poder abrir la puerta, así que regresa a su vehículo.Antes que pase mucho tiempo, otro Hummer llega y los ocho soldados se juntan, conversan en sus radios, pero se niegan a decirnos qué está pasando. Así pasa la mañana: ellos se comportan decentemente con nosotros, pero la información que nos brindan es inconsistente e inútil.
Un soldado le dice a Abdul que él no ha utilizado la puerta en días recientes, así que no ve razones para abrirla de nuevo. Abdul les responde que ha llovido torrencialmente en los últimos días y esa es la razón por la que no han accedido a sus tierras. El soldado dice que ellos están siguiendo órdenes, que abrir o no la puerta no es su decisión.
Uno de los vehículos parte y el último soldado cierra la puerta tras sí. En breve, el segundo grupo de soldados también abandona el lugar y no hay a quién acudir.
Apenas los soldados dicen sus últimas palabras, el tío Abed le da vuelta a su asno y emprende el camino de vuelta a su casa, sin que podamos despedirnos. Abdul y yo caminamos de regreso lentamente, Samir y Samira siguiéndonos en ordenada fila, Joaneh jadeando a nuestro lado. El silencio solo es roto por los herrajes de los asnos y las sacudidas de la cantina de Abdul.
Cuando alcanzamos la cresta de la colina, él se vuelve hacia la puerta y, apuntando al otro lado de la barrera, me dice: “Cien dunums (el dunam equivale a 1,000 metros cuadrados) de mi tierra están allí, y cien de la tierra de mi tío”.
Le digo, en mi deficiente árabe, que me siento triste por él.
“Palestina es triste”, responde. “Palestina es hermosa, pero también es triste”.



It's sickening, wicked.
every good wish and blessing for the future